miércoles, 11 de abril de 2007

Tokyo-Ga (Wim Wenders - 1985)

Wenders dirigió un pequeño documental con una pequeña cámara hace ya mas de 20 años. Un trabajo intimista que redescrubrí hace poco. Muchos años despues de haberla visto fugazmente, retomé este homenaje a Yasuhiro Ozu y las imágenes modernas en la ciudad de Tokyo.

Ozu es el dios fílmico de Wenders. Todos los directores tienen un mentor idolatrado, y Ozu es una constante en la ávida mente occidental. Su retrato de Japón y en concreto de la ciudad de Tokyo y las áreas metropolitanas es historia moderna. Rodó en cine mudo, en blanco y negro, en sonoro y finalmente en color. Su carrera es gigantesca. En 60 años de vida, rodó mas de 50 films. Su técnica fue perfilándose hasta lelgar a la pureza del plano fijo con un objetivo de 50mm. Casi toda su última obra está rodada con cámara baja, con plano fijo, y con un mismo objetivo de 50mm que representaba la pureza de la mirada de un adulto sentado o un niño en pie.

Tokyo-Ga es un viaje de Wenders al Tokyo de mediados de los años 80. Estadios de golfistas nocturnos, jugadores de pachinko, comida de cera y cerezos en flor (que coincide con estos días de Abril, donde los japoneses se reúnen bajo los cerezos a celebrar y socializar). Esas cosas son las que encuentra Wenders en lugar de las barriadas silenciosas, las coladas tendidas en palos largos de madera y colinas verdes por las que discurre un tren. Su viaje a Tokyo bajo la excusa de encontrar las imágenes que vió en la obra de Ozu, es un recorrido hipnótico. La escena de las comidas falsas hechas con cera, podría durar horas. Los golfistas en lo alto de un edificio lanzando pelotas a una diana, es mucho mas arrebatador que una armadura de samurai. Los descubrimientos de Wenders son increíbles.

Los testimonios del operador de Ozu, Chishu Ryu, son emocionantes. Y Ozu se erige como una leyenda humana en las pocas fotografías que se conservan de él. Su porte es elegante, y su rostro se me asemeja cada vez más al de Takeshi Kitano. Pero Ozu parece estar por encima de las cosas. Y su actor principal, Yuharu Atsuta, habla de él como de un padre desconocido, del que nunca recibió una buena palabra, pero que adora como a un héroe. El efecto de Ozu sobre sus colaboradores es muy japonés, muy afectado, muy honorable. Y su figura se erige heroica, muy por encima del trípode de patas recortadas que usaba en sus planos.
.

El documental es realmente bonito y emocionante. Y con un giro extraño de la mano de Werner Herzog. Ejerciendo una sentida crítica de la desctrucción de las imágenes puras en la sociedad moderna. Algo irrisorio y "Porcaresco", pero muy folclórico. Todo unido por una veneración nada disimulada y una fascinación por esa isla gigantesca llena de orgullo y costumbres extrañas. La voz en off de Wenders es una maravilla de la ingenuidad. Un alemán hablando inglés en japón. La experiencia es realmente bonita, aunque algo desaprovechada sin tener un panorama global de la obra de Ozu. Sus primeras películas son algo inaccesibles, y tan solo con Tokyo Monogatari (cuentos de Tokyo), Ohayo (Buenos Días), Soshun (Early spring) o Munekata Kyoudai (Las Hermanas Munekata) es difícil hacerse una idea de la interminable repetición en la obra de Ozu. La mente de Wenders parece invadida por esos mismos personajes que película tras película, repiten roles, diálogos y visiones. Y los busca entre las gentes de Tokyo.

Memorable, el niño que no quiere caminar y se sienta en medio de la gente. Con una infinita suerte, Wim Wenders encuentra a ese niño casualmente, y nos recuerda al niño de Ohayo que hace huelga por una televisión. Mi madre dice que todos los tontos tienen suerte. Creo que la famosa mirada fílmica reside en conectar con la suerte. En poder conectar con el montaje interno en tiempo real. Como Wenders. Maldito Wenders.




No hay comentarios: