lunes, 18 de enero de 2010

Avatar (James Cameron - 2009)

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Avatar es una gran superproducción de principios de los 90´s. Pertenece por derecho propio a las grandes épicas de género fantástico y ciencia ficción que rediseñaron el concepto de superproducción hollywoodiense.
James Cameron ha vuelto a la dirección para dirigir otro titán que no para de recaudar y maravillar al mundo. En su camino para desbancar a su anterior monstruo, Titanic, ha dado un empujón definitivo a la proyección en 3D, una técnica muy depurada a estas alturas que se integra de forma elegante en Avatar. Y consigue hacer olvidar otras pruebas más modestas y facilonas, sobretodo en el campo de la animación.
El 3D de Avatar es inmersivo, cuidado, elegante, aunque aún falta afinar la adaptación de las gafas de lente fija. Aún se nota la transición en algunas escenas entre los planos de profundidad y se pierde definición. Pero en términos generales, la experiencia 3D de Avatar es muy satisfactoria.

Las expectativas eran enormes, y el riesgo de parecer ridículo con unos diseños de alienígena demasiado "bonitos" y juguetiles era enorme. Los trailers prometían una película vista mil veces, con una historia clásica a la sombra de Pocahontas y Bailando con Lobos. Pero una vez dentro del pastizal, sabiendo perfectamente el desarrollo de la trama, el probable final, y los pilares fundamentales del cine de aventuras con romance... no deja de atrapar de forma diabólica y metódica.
El argumento es una línea recta, ancha y cómoda. La narración mantiene un pulso extraordinario, rítmico, y la catarsis es incluso humillante. Pude escuchar sollozos en la sala, incluso patadas nerviosas y exhaladas de alegría.
A la salida me conmovió una madre con su hijo pequeño contándole con una mezcla de sorpresa y jolgorio lo mucho que le había gustado. La señora estaba tan fascinada como yo.
La catarsis en Avatar es un prodigio. Quizá tenga algo que ver todo el proceso de alienación que la trama desarrolla, y quizá algo ayude la inmersión de la técnica 3D. Pero sin duda, la técnica narrativa de Cameron, que actúa como co-editor del film, es de una fiereza sensacional. Puntadas invisibles entre el cine heroico y la fábula de la invasión cultural de los indios americanos.
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Se trata de la primera película de la historia que reconstruye e inmortaliza sin concesiones las orgías pulp de mundos alienígenas y épica excesiva de los años 50. Sin reservas, sin recortes, sin escatimar grandiosidad y resultando totalmente convincente.
No haría falta comentarlo, pero las ridículas comparativas con otros filmes y los intentos de desprestigio al diseño y producción de la película es de una estupidez galopante. Porque Cameron es dueño de más iconografía fantástica en el inconsciente colectivo que intocables como Tim Burton. Porque a estas alturas, usar islas flotantes y alienígenas azules montando dragones es como usar un rifle Winchester y una matojo rodando en un Western. Como ponerle una camiseta blanca de tirantes a Bruce Willis. Como ponerle cicatrices al malo en la cara...
No tiene demasiado sentido buscarle una intención de plagio a una película de proporciones tan gigantes.
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Pero se le puede reconocer cierto descontrol temporal. La película pertenece en su contenido y tono a los años 90´s. Pero su forma es una interpretación contemporánea de un concepto estilístico que pertenece al pulp sci-fi de hace 50 años.
Y así, la magia digital vuelve a sus cotas más altas, al lado del Gollum de Jackson. Y eso ayuda a olvidar todas las preguntas que suscitan los primeros minutos de película.

Y tan convincente resulta que ha desatado un fenómeno visto en otras ocasiones, el de los fans traumatizados por la imposibilidad de vivir en la película. Algo ocurrido con otros films, habitualmente de corte fantástico como El Señor de Los Anillos. Pero llegando a cotas suicidas en el caso de Avatar y el paraíso de Pandora.

El diseño de Pandora responde a un inconsciente colectivo en proceso de desnaturalización de su hábitat urbano. El naturalismo y la recreación de una fantasía realista es una solución al grito desesperado del joven contemporáneo, sumido en una repetición gris y un ecosistema descolorido. De ahí las ánsias suicidas de algunos de ellos, al verse incapacitados para recorrer el colorido planeta, esclavos de la vista en primera persona del videojuego moderno.
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El héroe de Ávatar es de corte clásico, arquetipo guerrero, mente platónica y objetivos nobles. Por medio de un recurso muy ingenioso, la voz en off se reinventa a sí misma clonando las tendencias de la red. Y el actor Sam Worthington despega como actor físico, atado a una silla de ruedas, como los jóvenes a los que nos referíamos hace un momento. Catarsis completa a través de la discapacidad, técnica fácil y efectiva para dibujar al ser humano de orígen occidental.

La cámara y el montaje son insultantemente invisibles. Y la dirección de actores es tan sólida y férrea como siempre. Cameron golpea con una regla hasta que sale el arquetipo de dentro del actor. En el caso de Worthington y Zoe Saldana, les debe haber roto las costillas, porque consigue una mezcla de tensión y relajación rítmica que incluso atraviesa el handicap del motion-capture, una técnica que destroza habitualmente el espacio gestual.

En todas sus áreas de producción, Avatar es un Leviatán cinematográfico. Su banda sonora, sin ser brllante, y firmada por el habitual James horner, machaca el hígado de forma constante, sin grandes temas míticos pero con firmeza. Las trompetas de Willow siempre son eficaces.
Su arte y diseño son delirantes en ocasiones, pero extrañamente homogéneos. Como salidos de Weird Tales y recreados a lo Jurassic Park en un planeta de aire viciado.
Aunque la anatomía sea bizarra, consigue una credibilidad fascinante.
Y los Na´vi comen aparte. Porque las reacciones de incredulidad iniciales y su sobrenombre de Furby espacial se transforman en una simple reinvención del homínido alienígena, tantas veces diseñado en tantos filmes de ciencia ficción. Las piezas forman un cuadro homogéneo, sólido y completamente funcional.
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Una historia clásica, sin giros de guión, sin reinvenciones de género, sin concesiones a la originalidad. Una narración portentosa que engulle la necesidad de creatividad en la escritura y camina sobre una trama ancha y recta. Un director que vuelve a su época, a su manera de hacer cine. Una película tan grande que te devora a través de su increíble fantasía vívida.




Cameron ha demostrado que George Lucas es un patán. Ha dirigido una película que él ideó hace 20 años con el virtuosismo y la visión de alguien que se conoce a sí mismo como autor.
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2 comentarios:

Snatcher dijo...

Mi estimado, como siempre un placer leerte.

Aquí pasó algo similar a lo que comentas a la salida del cine. Mucha gente que pensé no disfrutaría tanto la película fue transportada a disfrutarla como en su infancia.

Bueno, ya platicaremos algún día en persona al respecto.
Saludos

Joselo Balderas dijo...

Mientras George Lucas ha sacado un nuevo libro: "Blockbusting" examinando los grandes exitos del cine.